Nunca tengo miedo

Eran las dos del medio día. El timbre del colegio anunció el final de las clases, asustando con ello, a un grupo de pájaros que descansaba en la arboleda. El bullicio comenzó, y con ello, los niños empezaron a agolparse en el exterior de las aulas para salir a la carrera. Era, sin duda alguna, el guión de un viernes cualquiera.

Decenas de niños correteaban con sus mochilas, muchas de ellas con ruedas, generando con ello ese ambiente tan característico que presagiaba la salida de las clases. En la puerta de acceso, los padres y las madres esperaban impacientes la llegada de sus respectivos. Estaban hablando entre ellos, sobre aquel tema que empezaba a preocupar a la mayoría de la población. El gesto que presentaba la gente, hablaba por sí solo. Estaban viviendo, sin saberlo, el último día de normalidad en mucho tiempo.

Mi nombre es Sofía, tengo seis años, y aquel viernes estaba saliendo por la rampa del colegio con dirección hacia mi casa. Me llevaba de la mano mi inseparable hermana mayor, Ruth. Aunque a veces nos peleábamos, el hecho de sentir tan cerca la mano de mi hermana, me hacía sentir segura y protegida.

Había sido un día agotador. En el colegio no nos habían mandado deberes para el fin de semana, y por eso, tendríamos dos días para jugar con nuestros amigos en la calle. Estábamos de suerte, porque además, el recreo nos había durado media hora más de lo normal. Desde el columpio del patio, pude ver cómo todos los profesores se habían reunido en una de las aulas de dirección, donde al parecer, se encontraban hablando de algún tema muy importante.

Desde que papá y mamá se separaron, todo había cambiado demasiado. Yo los quería mucho, pero mamá me había explicado, que los papás y las mamás que ya no se querían, tenían que vivir en casas diferentes. Aquel día, nos vino mamá a recoger del colegio, y como hacía cada mañana, nos sentó en el asiento trasero del coche para llevarnos a comer.

Papá vive ahora en una casa muy bonita. Él la llama de alquiler, y aunque no sé muy bien lo que eso significa, nos encantaba pasar allí unos días junto a él. Vive un poco lejos, pero cada semana nos viene a recoger para pasar unos días en familia, es genial, hasta nos ha dejado decorar una habitación a nuestro gusto. ¡Nos encantaba hacer planes para esos días!

-Niñas, sé que tenéis hambre, pero nos tenemos que desviar un momento para comprar unas cosas- dijo mamá.

Acabábamos de salir del colegio, y ya estábamos aparcando en el centro comercial… ¡vaya!, había muchísima gente esperando para comprar. Pero claro, nunca habíamos venido a esta hora. La última vez que vi tanta gente por aquí, mamá nos explicó que se llamaban rebajas, y que se bajaban las cosas de precio para que todo el mundo las pudiese comprar. Por eso no le pregunté, ¡seguro que estábamos otra vez en rebajas!

Me encantaba ir con mamá a comprar, solíamos hacerlo por la tarde cuando ella salía de trabajar. Sin embargo, a esta hora, la gente compraba con muchas prisas, y además, nunca había visto a nadie discutiendo como estaban haciendo unos señores en la sección de perfumería, ¡qué groseros!
Encima, no se les entendía muy bien, porque llevaban unas mascarillas muy raras puestas.

– Nada, no hay geles, ni papel, ni nada, ¡la gente está loca o qué! Vámonos ya, chicas- nos dijo mamá mientras miraba en todas direcciones.

El fin de semana, parecía transcurrir como otro cualquiera, pero aquel sábado, la televisión no paraba de decir cosas que no acabábamos de entender. Llevaba todo el día encendida, como en segundo plano, y el teléfono de mamá no paraba de sonar. A ella, no le gustaba mucho la televisión, pero entre tarea y tarea que hacía por casa, se sentaba en el reprosabrazos del sofá para atender lo que decía.

El domingo por la tarde, mi hermana Ruth y yo, estábamos entretenidas jugando en nuestra habitación. Mamá, estaba en la cocina escuchando música a un volumen muy alto. Desde nuestra posición podíamos verla, estaba hablando por teléfono, andando de un lado a otro de la cocina sin parar de gesticular. Cuando papá vivía aquí, también se metían en la cocina para escuchar música muy alta, aunque a veces, salían un poco tristes. ¡A mí la música casi nunca me parece triste!

– Niñas, ¡a cenar!

¡Qué bien olía! Nos incorporamos de un salto y caminamos hacia la cocina. Al llegar al pasillo, vimos que mamá nos había preparado dos maletas muy grandes de ropa, y que además, las había dejado frente a la puerta de entrada. Nuestras maletas eran mucho más pequeñas, y por supuesto, ¡mucho más bonitas!

Antes de cenar, mamá había estado hablando con Ruth. Era una conversación de mayores, porque cuando le tenía que decir algo importante, le colocaba las manos sobre los hombros y le hablaba muy despacito. Después de cenar, mamá también habló conmigo. Me explicó mediante unos dibujos, que había un bichito malo en la calle. Ella, trabaja de limpiadora entre semana, y nos dijo que nos tendríamos que quedar con papá durante unos días para estar allí más seguras. A papá, le habían dado permiso para no ir a trabajar, y nosotras, ¡comenzaríamos unas nuevas vacaciones!

Papá, aquella noche no entró en casa. Desde que no vive aquí, y aunque intenta disimularlo, sé que le da vergüenza hablar con mamá, porque siempre que toca el timbre, se espera en la puerta de casa hasta que salgamos nosotras.

Eran las once de la noche y estábamos los cuatro en la puerta de entrada. Mamá se puso de rodillas para estar a nuestra altura, nos dio un abrazo muy fuerte, y una lluvia de besos de chocolate. Antes de irnos, nos hizo un juramento de amigas, para que Ruth y yo estuviéramos unidas y ayudáramos a papá con las cositas de casa. He tenido mucha suerte, porque además, mamá me ha dado su anillo preferido para que se lo guardara unos días. Tras los achuchones, papá cogió las maletas y comenzó a bajar las escaleras hacia el portal, no sin antes recoger una bolsa que le tenía mamá preparada con un montón de productos de limpieza. Cuando llegamos al último peldaño, la puerta de casa se cerró, y se escuchó un terrible estruendo que no supimos identificar.

En la calle no había casi nadie, pero claro, era tarde y hacía mucho frío. Al abrir el maletero, papá apartó tres cajas de leche y dos garrafas de agua para meter nuestras maletas. Papá era un poco desordenado, y durante el camino a casa, nos estuvimos riendo de él por tener la compra en el maletero. Era de broma, pero él estaba muy serio y no apartaba la mirada de su teléfono móvil, el cual revisó varias veces hasta que llegamos a su casa.

De camino, Ruth y yo teníamos la costumbre de jugar a un juego, elegíamos un color, y cuando pasaba algún coche del color elegido, sumábamos los puntos para ver quien ganaba. Justo cuando más interesante estaba, las sirenas de un coche de policía nos dieron un susto muerte. Pasaron muy cerca de nuestro coche, y nosotras, como de costumbre, les saludamos tras la ventanilla agitando nuestras manos, pero aquella vez, no obtuvimos respuesta alguna.

Tras varias canciones y sus correspondientes coreografías, por fin llegamos a casa de papá. Para sorpresa nuestra, la abuela también estaba allí. Estaba sentada en el salón, con la televisión muy alta y con cierta cara de preocupación… ¡vaya noticia! esta semana también estaría con nosotros la abuela, habría venido de visita, porque ella no vivía allí. Nada más entrar, papá nos llevó corriendo a la habitación, y no le pudimos dar un besito a la abuela. Era muy tarde, y seguro que al vernos despiertas a estas horas, se hubiera enfadado con nosotras.

Ha sido un día muy raro, así que, nosotras nos vamos a la cama a descansar. La manita de mi hermana vuelve a estar junto a la mía, está calentita, y aunque se la aprieto con mucha fuerza, ella nunca se enfada conmigo. Con mi hermanita, nunca tengo miedo, y con ella… seguro que estas vacaciones serán maravillosas.

Buenas noches.

FIN

* Mucho ánimo a todos, saldremos de ésta. #YoMeQuedoEnCasa *

20 respuestas a “Nunca tengo miedo

  1. Precioso relato 😉 como siempre en tu línea 👏🏼👏🏼👏🏼
    Todos quizá nos sintamos como la pequeña Ruth, nos invade el miedo, pero todo se acabará pronto.
    Gracias x no hacernos pensar x un momento en el miedo con tus historias. Te envío mucha fuerza y un abrazo y besotes 😘😘😘😘😘😘😘

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  2. ¡Qué bonito! La idea de describir la situación a través de los ojos de una niña, me invita a pensar en tantos niños que pueden estar pasando por esta situación sin entender el por qué. Unos días de novedad no está mal pero si esto se prolonga, necesitaremos los adultos de mucha paciencia e imaginación para mantener la actividad y el bienestar de casa.

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