Las apariencias engañan

Me encontraba de visita rural en el pueblo de unos amigos. Definitivamente necesitaba desconectar, aunque solamente fuera por un día, y además, así aprovecharía para enseñar mi nuevo coche a Carlos, uno de mis mejores amigos y casi tan apasionado como yo al mundo del motor. Aquella pequeña localidad era la típica aldea que se perdía entre las montañas, un lugar idílico para conectar con la naturaleza y aprovechar para hacer una ruta senderista.

Recuerdo que estaba de pié esperando a mis amigos, en la calle, justo en frente de la puerta de su casa, haciendo tiempo hasta que éstos terminaran de vestirse. Aprovecharíamos el día de senderismo para coger unas setas, y debían de dejar preparada las cestas de mimbre y demás enseres que utilizáramos para la ocasión. Mientras les esperaba, coincidí con un vecino de avanzada edad, que estaba, casi de forma entrañable, sentado en uno de los polletes de piedra que delimitaban la antigua calle.

Observé cómo el anciano miraba mi coche, (mi retorcida mente moderna me hizo pensar, que aquel pobre hombre estaría sorprendido por ver un coche de semejantes características, y que, cuanto menos, le parecería un artilugio llegado de otro planeta, casi extraterrestre…), pero de pronto vi como sus ojos, de color verde brillante, y claramente mermados por la edad, me miraban fijamente, para posteriormente dirigirse a mí y preguntarme con una voz tenue y suave: 

– Hola hijo, suena bonito ese coche, es un V8, ¿verdad?

Mi cara de sorpresa debió de ser un poema, porque hubiera sido la última persona sobre la faz de la tierra, de la que me hubiera esperado semejante pregunta.

– Ehm…. sí señor… sí… peroooo… ¿cómo lo ha sabido? – Pregunté atónito.

– Uy hijo, los coches han cambiado mucho, sino no te hubiese ni preguntado. Por cierto, ¿qué marca es? – Se interesó aquel hombre.

– Es un Dodge, señor. – Contesté.

– ¡Vaya! Yo estrené un Dodge Barreiros allá por el 66, ya ha llovido mucho desde entonces, pero tú no sabrás ni de qué coche te hablo. He tenido muchos más, pero seguramente…. – En ese momento interrumpió la conversación un chico que salía apresurado de la puerta de su casa, el cual, de manera despectiva le gritó al anciano:

– ¡Abueloooo, deja de marear al personal, hombre!, no le cuentes tu vida a todo el mundo que es muy aburrida. -Tras lo cual, se marchó calle arriba entre risas y murmullos que ya eran incomprensibles desde mi posición.

– No, por favor, insisto, -le dije yo, mientras le cogía de la mano-, de verdad que me interesa mucho lo que usted me está contando, continúe por favor.

– No quisiera aburrirte hijo, no soy muy viejo, pero mi estado de salud ha empeorado mucho durante los últimos años, he llevado una vida algo ajetreada. Con esto quiero decirte, que cuando llegaste antes con tu coche, y lo ”orillaste” contra la pared, escuché el sonido del motor desde mi habitación, y bajé tan rápido como pude para poder verlo en persona, pero para mi desgracia, ya habías subido a casa del vecino y me quedé con las ganas, por eso esperé aquí sentado a que bajaras de nuevo.

– Por favor, véngase y le enseño detenidamente el coche, no faltaba mas. -A decir verdad, todavía me quedaba alguna ligera duda sobre las nociones de aquel hombre, pero decidí darle una oportunidad tras el comportamiento recibido por parte de aquel chico.

Nos acercamos al coche y le abrí, a modo de invitación, la puerta del conductor para que se sentase, pero me tuvo esperando en esta posición, como congelado, durante al menos dos largos minutos. Antes de llegar hasta la puerta, se deleitó en comprobar el tamaño de los frenos, tocar el paso de rueda y tirar del paragolpes hacia detrás de una manera algo más que preocupante.

– Frenos de disco muy grandes detrás. -dijo él- tardarán mucho en fatigarse.

¿Fatigarse?, ¿en serio?, ¿acaba de decir fatigarse?…

-Deben de refrigerar muy bien, -añadió- lleva unos pasos de rueda minúsculos, espero que lleves una buena suspensión roscada, porque sinó, irá todo el rato rozando.

Tras el semejante deleite que me acababa de dar aquella persona, no podía evitar lucir una sonrisa de oreja a oreja, ¡estaba impresionado!, venga ya, ¿en serio?.

– Pase dentro del coche, por favor, y siéntese a los mandos, por cierto, ¿cómo se llama usted? -Le pregunté entusiasmado.

– Me llamo José Luis… pues vaya, sí que es cómodo el coche, sí, parecía más incómodo desde fuera, y veo que es automático, aún recuerdo mi época de ”quemadillo” -palabras textuales: ¡quemadillo!, ¡acababa de decir quemadillo!- en las que preferíamos los coches manuales para poder hacer ”punta y taco’‘, ”doble embrague” y otras tantas perrerías para jugar con la sincronización de las marchas, por aquel entonces venía mucho coche yanky automático y esos se dejaban para los médicos y los ministros. -Explicó José Luis mientras toqueteaba todos los botones del habitáculo.

– Punta tacón, querrá decir usted, se dice punta tacón, -Me atreví a añadir.

– Punta y TACO de toda la vida, muchacho, casi lo inventamos nosotros, para los coches no perderé la memoria jamás. Pasamos muchas penurias con el camión por toda España, pero también guardo muy buenos recuerdos de amistades que hicimos por el país con la apertura de la mayoría de los circuitos, muy buenas migas hice con Ángel Nieto, aunque el cabrito se preocupaba más de pasear en moto a las mozas que de otra cosa. -Explicó José Luis con una sonora carcajada- Allí ”el jodío” no pagaba ninguna Derbi ni ninguna Ducati, pero a mí las motos siempre me dieron mucho más respeto, aunque el gusto por las ”dagalas” sí lo compartíamos, aunque en moto tendría que gustar mucho más el pasearlas, siempre me llevó una gran ventaja en ese aspecto.

En medio de la conversación, bajaron de su casa mis amigos, totalmente ataviados de ”Quechua y Domyos”, preparados, ahora sí, para iniciar nuestra ruta senderista. Cosa que me hizo volver a la triste realidad de un solo plumazo. Me hubiese gustado quedarme en aquella época durante toda la vida, escuchando las historias de aquel hombre, que además, por el gran conocimiento que tengo en la materia, sabía con total seguridad que eran tal y como las estaba contando Don José Luis.

– José Luis, ¡qué tal está usted! -exclamó mi amigo-, vamos a ver si damos un paseo por el campo. Ya le estará comiendo la cabeza mi amigo con su coche nuevo, jajaja, si es que no cambia, ¡está siempre igual! – vociferó mi amigo en tono de mofa mientras me propinaba unas palmaditas en la espalda.

– No hijo, esta vez soy yo el que le está comiendo la cabeza a tu amigo con todos los coches que he tenido antes que él, -explicó José Luis mientras se señalaba él mismo con su dedo pulgar-, ya te contará él, ya te contará.

Mi amigo esbozó un disimulado gesto de sorpresa, porque ciertamente no sabía a lo que se estaba refiriendo su longevo vecino, cuestión, eso sí, que no tardé demasiado en despejarle. Le expliqué que José Luis, con total seguridad, podría saber más de coches que él y yo juntos, y que las historias que esa mente privilegiada tendría guardadas, darían de argumento como para escribir una docena de libros.

– Qué grande eres, José Luis. -Le dije antes de irnos de caminata.

Le dí ,con todo mi corazón, un abrazo de los que se sienten de verdad, y me salió, sin ningún lugar a dudas, el ”encantado de haberte conocido” más sincero de toda mi vida. También le dije, en voz baja, que ojalá yo hubiera tenido un abuelo así, que no tendría oídos suficientes para poder escuchar todas sus impresionantes historias, y que desde aquel día, vendría a visitarle mucho más a menudo, porque había sentido hacia él, una increíble sensación de apego y admiración.

Un sentimiento de pena me invadió, no sé porqué, pero tuve la sensación de que nunca más volvería a ver a aquel hombre, y casi de forma automática, una lágrima se deslizó por mis mejillas hasta perderse bajo mi barbilla. José Luis me dijo que aprovechase el tiempo, que algún día nadie me escucharía, y que todas las grandes vivencias que hubiesen formado parte de mi vida, se quedarían, únicamente, para mi recuerdo.

– Ya nadie quiere a un viejo malhumorado como yo, turrón sin azúcar, hijo, ¡si me hubieras visto hace 40 años! -Exclamó con gesto de añoranza.

Don José Luis me dio una lección de vida que jamás olvidaré, y no solamente porque las apariencias engañan, sino porque la vida pasa igual para todo el mundo, sin distinción alguna de raza, ni de sexo. Y es que, por muy al límite que hayas vivido tu vida, todos algún día seremos como José Luis.

Aquel día me quedó hecho polvo, pero una vez finalizada la ruta senderista, y a su vez, dada por concluida la visita a mis amigos, se asomó Don José Luis a la terraza de su casa, visiblemente más tranquilo, y con una sonrisa de oreja a oreja, momento en el que aproveché para reiterarle mi ofrecimiento de volver a visitarle, para que me contara más historias de las suyas. Le animé a que cuidara de su estado de salud, y además, le dije que ya podía contar con otro nieto más en su familia, cosa que le produjo una sonora y espontánea risotada, y levantando el dedo pulgar a modo de despedida, me dijo…

– Ve con Dios hijo, y dale gas a ese trasto.

____________________________________________________________________________
Homenaje a Don José Luis

Hoy muchos insensatos no os hacen caso, no lo tengáis en cuenta. No se os puede querer más… fuisteis, sois y seréis siempre LOS MEJORES.

Desde BlogDeRelatos me gustaría hacer un homenaje inmenso, de todo corazón, a todos aquellos abuelitos, que en su día, pilotaban con mocasines y calcetines blancos, aquellos que de verdad te enseñaban sin esperar nada a cambio, que llevaban la gasolina en sus venas, y su libertad en el corazón. Va por todos vosotros. GRACIAS.

FIN

25 respuestas a “Las apariencias engañan

  1. Gracias por crear este blog y permitirnos leer íntegramente tus relatos 😍
    Es increíble como eres capaz de transportarnos de un espacio a otro en un suspiro….
    Eres un ser maravilloso 😘

    Le gusta a 1 persona

  2. Realmente impresionante,escribes de tal manera que me transportas al lugar y los acontecimientos in situ
    Mi más sincera enhorabuena.
    Encantadísima de leerte.
    Gracias por compartir tus bellos relatos y acercarme de nuevos a mis grandes de pelo blanco…mis queridos abuelos.
    Un abrazo enorme.

    Le gusta a 1 persona

  3. Una vez más me has cautivado e introducido dentro de tu relato…es maravilloso la forma en la que escribes y te expresas,gracias x este relato me ha encantado y emocionado, es maravilloso la forma en que te expresas,me encanta,Gracias x compartirlo con todos los que te admiramos,son las 4 y24 de la madrugada me desperté a beber agua y no me pude acostar sin leerte, esperando tu próximo relato con ansias guapetón.

    Le gusta a 1 persona

  4. Un relato muy bueno y bien contado. Si me permites el comentario creo que sobra el penúltimo párrafo, donde explicas la lección que te dio José Luis, porque es algo obvio que se desprende del texto. Hay que dejar trabajar al lector y no darle todas las explicaciones. Aún asi el relato es bueno.

    Le gusta a 1 persona

  5. No tuve la suerte de conocer a mi abuelo pero tuve el privilegio de vivir con mi abuela y me encantaba las historias que me contaba de el,hasta el punto que me hizo tener la sensación de verlo conocido y quererlo como a ella,no sabes cuanto echo de menos esas historias y gracias a ti he vuelto a revivir ese momento.

    Le gusta a 1 persona

  6. Muchísimas gracias por estos relatos, es un placer leerlos, la manera en que te expresas hace meterte tanto en el papel… lo dicho un placer, podría estar leyendo horas y horas. No me perderé ni uno. Un abrazo 😊

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s